La niña del espejo




En el fondo de la copa de cristal, sólo se podían ver los pétalos de una rosa roja, cansada ya de adornar la misma mesa sin nunca atravesar con sus espinas la piel de la vida, bebo poco a poco ese líquido amargo que dejaron sus lágrimas y siento como por mi garganta descienden los recuerdo de una niña triste y sola, recuerdos que jamás volverían a atormentarla, en un arrebato de ira, tal vez nostalgia, incluso quizás… tristeza, muerdo la copa, que al sentirse lastimada por mi boca la zahiere con sus punzantes trozos, me tranquiliza, me siento contenta al ver sangrar mis labios, al sentir el dolor de esos pétalos, al llorar las mismas lágrimas de la niña que ayer fui.

Y entonces muertas las estrellas, muerta mi niñez y muerta mi tristeza, camino desnuda por un largo sendero iluminado por el incandescente sol, bañada por las graciosas gotas de lluvia, abrazada por la mas fuerte ventisca, sentenciada por la mas cruda soledad, salvada por el mas hermoso amor, sin rendirme, sin sentarme a descansar ni una vez, sin  pensar en mirar atrás, sin intentar volver y sin esperar nada, encuentro una sombra qué me salva, qué me refugia, qué me cura, esa sombra tiene un nombre que no puedo pronunciar, no por ser prohibido, no por estar maldito sino por miedo a perder la oportunidad de tenerlo para siempre.

Mi sangre sabe a duraznos, mi primavera se volvió otoño incluso después de caminar tan largo sendero mis pies no se cansan y la herida de mi boca aún no sana, los recuerdos que intente borrar olvidaron esa intención y me atormentan noche tras noche mientras iluminada por los cadáveres de las estrellas,  sueño pesadillas que carcomen mi felicidad.

Quiero comprar versos de amor y conocer que se siente ser amada, que la pluma sea mi alma que la tinta sea mi ser, y la luna enojada brille en el cielo, no sólo durante la noche sino también en la mañana y la tarde, pero no quiero perderme del crepúsculo, mucho menos el amanecer, un sol frío recién levantado y las caricias de la brisa en mi piel que me hacen olvidar cuanto pesar, cuanta tristeza, me hacen creer que puedo volar, que puedo arrancar del cielo un lucero, ponerlo bajo mi almohada y abrazarlo cuando me atrape el miedo. 

Sigo caminando, vomitando palabras que algunos llaman poemas, dejando huellas de sangre que a veces se disfrazan de arte, durante algunas horas observo el cielo que de lejos parece azul, pasan aves, insectos, nubes y fantasías, yo no puedo admirarlo como lo hacen algunos, mis ojos son ciegos, lo único que alcanzan a ver es a la niña en el espejo, una niña feliz, enamorada del amor, juguetona, inteligente, graciosa, noble, sincera… todo lo contrario al monstruo que la observa la silueta de quien se refleja soy yo una perecedera alma en la tierra, un sueño, una mentira… la rosa de la copa, la niña del espejo 

1 comentarios :

  1. He venido a quererte, a que me digas tus palabras de mar y de palmeras. (Carmen Conde)
    ¡FELIZ VERANO!
    Un beso desde mis Amanteceres.

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